Cerebro sin alma -hoy llamada mente-: "Espejo que refleja lo que vemos sin comprenderlo."
UNA VELA SIEMPRE ENCENDIDA
jueves, 14 de abril de 2016
RECOVECOS HISTÓRICOS Y SUS “CUENTAVUELTAS”
Cuando un acto que no es singular y de un solo individuo, sino surgente con frecuencia normal en un pueblo, nos parece extravagante –esto es, ininteligible-, debemos pensar que se trata de un supuesto fundamental que actúa básicamente en ese pueblo, que es un preconcepto radical de que sus hombres viven, y que por lo mismo, es para ellos la cosa más natural y evidente del mundo. (José Ortega y Gasset. “la Idea de Principio en Leibniz”).
Yo veo mi ver cuando estoy fuera de él, cuando no me es inmediato, cuando la realidad que él nombraba… ya no es realidad, sino que estoy en otra realidad nueva a la que llamo ‘recordar un pasado’, recordar que he visto…”. (José Ortega y Gasset. “Unas Lecciones de Metafísica”).
Los hechos históricos tardan para revelarle sus secretos a quienes heredan sus consecuencias. Algunas veces tardan mucho, hasta un milenio o más.
Quien no mira hacia atrás estará siempre condenado a repetir los errores del pasado. Los podrá evitar y superar, en parte, volviéndose con la memoria hacia otras épocas pero evitando quedar paralizado o congelado por lo que en ellas cree ver y descubrir. Es así, al parecer, en relación con la vida personal o colectiva ya que el individuo y el grupo no aparecen en la historia aislados, sino en relación contradictoria o en tensión dinámica; en lucha por la imposición de alguno de los polos temporales en oposición que se entrelazan históricamente de manera necesaria e inexorablemente.
En todas las épocas históricas los errores y los aciertos corren como un caudal inagotable de hechos trasmitidos a las nuevas generaciones; para algunos de sus individuos será una herencia favorable, pero para otros una real desgracia. Igual sucede con los grupos y las grandes masas. Según Ortega, tal amalgama factual-histórica constituye,
“[…] el alma de un pueblo [la cual] está hecha de cosas ‘ininteligibles’ para los demás. El convoluto de ellas constituye concretamente – pues se pueden reducir a precisas listas- la helenía, la romanía, la españolía, la castellanía, la vizcainía, etc.”
En nuestro caso, podríamos añadir: la “venezolanía”.
Mirar hacia atrás, entonces, permite ver entre nieblas los hechos pasados, las acciones de quienes han precedido las generaciones presentes, para valorarlas buscando comprenderlas en sí mismas o como ellas fueron realizadas por sus actores históricos, y el modo como ellos las cargaron de sentido. En tal ejercicio intelectual la mayoría de las veces se falla por exceso de proyección subjetiva y por defecto de explicación objetiva. Si no fuera sí, el estudio disciplinado, por no decir científico, de la historia no sería posible. Pero mucho menos sería necesaria su interpretación filosófica.
Los anacronismos son las cruces, cuando no las coronas de espinas, de los “Jesucristos profesionales” de la historia, y ni se diga de sus “objetos” de investigación temporal: los legos en tales menesteres, quienes viven la historia sin hacerse cuestión disciplinada de lo que la constituye; es decir, sin atinar a comprender y explicar racional y coherentemente las acciones humanas, siempre realizadas con un sentido y propósito determinados.
Visto dentro de este contexto, no es descabellado afirmar que la interpretación de los hechos ocurriendo en Venezuela, esos que a todos nos afectan, está hoy en manos de “legos profesionales” actuando como opinadores de oficio: de periodistas y políticos charlatanes siempre corriendo detrás de un beneficio y siempre anacrónicos.
Examínese cualquier discurso oficialista u opositor; escójase al azar cualquier líder de uno u otro bando, y en lo dicho por cualquiera de ellos siempre se encontrará un relato, un cuento, una interpretación subjetiva de los hechos presentes venezolanos sometidos a los cánones, según ellos, verdaderos, válidos y eficaces de “su historia”.
A partir de tales visiones del presente mirando siempre el pasado, se elaboran proyecciones futuras enteramente subjetivas; siempre fantásticas como realidades posibles aristotélicamente hablando. Los hechos presentes quedan así trasmutados en puros deseos cuyos objetos solo existen en las cabezas de quienes los fabrican. (¿Qué nos diría Lacan?).
Es decir, quien pronuncia o escribe tales discursos buscando anclar su interpretación política, social o económica en el presente, sin darse cuenta -o sin poder evitarlo, o por “su simple cochino interés” (Habermas)- termina perdiéndose en una realidad imaginaria e imaginada, o en una ensoñación futurista, perdiendo así lo que creía -y decía- ser su objetivo prioritario: aprehender los hechos presentes a la luz de los “convolutos” históricos.
Tal actitud, sin embargo, no es en sí misma un defecto; podría muy bien representar una virtud y convertirse en una ventaja si quien así interpretara nuestra realidad histórica, cayera en cuenta y descubriera que tales deformaciones ocurren, y que por ello tendría siempre que ponerse en guardia para evitar los peligros que correría su labor hermenéutica, apelando al conocimiento disciplinado (¿científico?) de la realidad pasada, y de su iluminación filosófica presente.
Por no saberlo hacer nosotros, otros lo hicieron por nosotros y nos conquistaron y colonizaron: los científicos sociales castristas cubanos, liderados por su padre intelectual, el ladino Fidel Castro.
Hacer historia y hacer filosofía van de la mano y deberían ser el instrumental intelectual obligado y obligatorio de todo político y opinador comunicacional. En nuestro caso eso es hoy imprescindible.
Pero nuestra realidad es otra. Lo vemos y lamentamos aquí y ahora en nuestra “venezolanía” hoy teñida de “cubanía”.
En Venezuela los dos bandos políticos en pugna han quedado presos de interpretaciones anacrónicas y fantásticas, ajenos ambos a las ocurrencias históricas reales aunque elaboren sobre ella discursos cargados de sentimientos y emociones: la muerte por carencia de medicamentos y alimentos; el empobrecimiento acelerado de todos los venezolanos con la excepción de quienes se han beneficiado de lo ocurrido en estos tres lustros y algo más; la violencia criminal y otros males bien reales los cuales amenazan con ser permanentes.
Hoy más que ayer el conocimiento histórico disciplinado, iluminado por la reflexión filosófica nos es más necesario que nunca. Pero, debemos preguntarnos como venezolanos: ¿en dónde están escondidos nuestros historiadores y nuestros filósofos pensando en grande y no local, nacional o aldeanamente; en dónde se han escondido nuestros sabios de más de ochenta años (no los jóvenes de sesenta), esos que han de ponerle bridas a las lenguas flojas de quienes hablan hasta por los codos sin que sus discursos sean significativos para la hora presente?
¿Será que no queda en nuestro país ninguno de ese puñado de sabios a quienes se refiere Jorge Luis Borges cuando dice que son ellos los que sostienen la integridad de un país?
En nuestro caso a duras penas pudiera resultar válido el razonamiento contra-factual de nuestro admirado José Ortega y Gasset referido a su madre patria:
“Los individuos no tienen la culpa del destino espacio-temporal en que nacen inscritos. Con cabezas como las de Fonseca, Toledo, Suárez y Juan de Santo Tomás, sólo por citar algunos nombres-, puestas a funcionar en otra dirección, es muy probable que hubiese sido España el pueblo creador de la filosofía y la ciencia modernas… Salvo algunos cuantos nombres, es dudoso que existiera fuera de España hombres tan bien dotados para el pensamiento como los antes dichos. No se trata, pues, de escatimar ni un ardite en el reconocimiento de sus dotes. Se trata de todo lo contrario: de simpatizar con su destino fervorosamente, y por lo mismo… llorar sobre él”. (José Ortega y Gasset. “La Idea de Principio en Leibniz.” (Vol. I)
En nuestro caso, sí; se trata de rechazar y no simpatizar con nuestro destino pues los hechos así lo demandan, como también en la hora presente demandan “llorar sobre ellos”.
¿Será ese y sólo ese, nuestro destino?
¿Será ese nuestro sino histórico?
Que hablen nuestros sabios, ¿en dónde se han escondido?
Y , para escucharlos, que callen para siempre los charlatanes.
lmp. 13.04.2016
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