Sus apellidos suenan para nuestros oidos latinos casi igual; pero sus mentes, ambas calenturientas, se salieron de lo normal dentro de la sociedad que los vio nacer y crecer. Ambos estarían ubicados en uno de los extremos de una curva de distribución poblacional “normal”. Los dos fueron diagnosticados anormales: sin razón, no cuerdos, dementes, locos.
A uno su locura lo llevó a ser artista y a crear obras que perduraron, y por las cuales lo admiramos. Ese fue un auténtico creador de arte que cambió la historia de la estética de su tiempo.
El otro, un científico brillante, egresado de una universidad de élites, terminó siendo odiado, y condenado a cadena perpetua.
Ambos han sido admirados de diferente forma. A uno, el artista, de manera explícita; al otro muy secretamente.
Para uno, nuestra conciencia “correcta” busca explicaciones y concluye –como correspondería a la “gente normal”, común y corriente- que su locura fue hasta cierto punto “buena” ya que se emparenta con el genio estético. Tal "conciencia correcta” termina por admirar su creatividad artística.
Con respecto al otro, lo inconsciente oculta lo que esa misma persona “normal”, común y corriente considera tabú y de lo cual, de manera explícita, nunca podría emitir un juicio positivo: la locura criminal.
-Ese otro, ese loco y terrorista, recibió su merecido, decimos de la boca para afuera, todos los que nos consideramos “normales”; pero por dentro, muy adentro, sabemos que en un rinconcito de nuestra “alma perversa” arde una llamita de admiración.
Uno rompió cánones por todos aceptados, de manera disciplinada y ajustada a sus aprendizajes sociales, y creó algo que llegó a ser igualmente aceptado y admirado. El otro, solo, y de manera solitaria quiso romper cánones pero de manera absoluta y a contracorriente, mediante la destrucción misma de la sociedad que le educó supuestamente para que la sostuviera y defendiera. Creando cánones con los mismos cánones que le fueron enseñados; parámetros para romper con todo lo que aprendió, y por qué y para qué hacerlo. Resultado: un manifiesto aparentemente “loco” en contra de la sociedad industrial, sea capitalista, socialista o “neutra”.
Uno se apellida Kandinsky, el otro Kaczynski.
Ambas letras “K” inician apellidos que suenan casi igual, pero cuya aparente homofonía distorsiona infinitamente ambas palabras con una disonancia semántica y significativa al pronunciarlas dentro del contexto socio-histórico en que ambos tipos psicológicos nacieron, crecieron y -cada uno a su modo- sufrieron las consecuencias de sus actuaciones “socio-psico-institucionales”.
No siempre locura y genialidad caminan agarradas de la mano, como no todo lo que aceptamos y admiramos en otros que consideramos extraordinarios, es resultado de la genialidad creativa. Sea en el arte o en la ciencia; pero por igual en la filosofaría o en la política.
Hay genios de genios, y hay locos de locos.
Pero un real genio-loco, ¿crea humanidad o la destruye? ¿Ha de destruir para crear?
Una cosa pareciera ser cierta: el sostén y mantenimiento del status quo muy pocas veces ha sido defendido y sostenido por genios-locos ajustados a lo establecido, sean artistas, científicos, filósofos o políticos. Todos sin excepción han arremetido, sin miedo ni piedad, en contra de la sociedad que los educó y sostuvo; y que esperó de ellos la defensa, la comprensión y asimilación de los valores por todos los “seres normales” defendidos y establecidos como sacrosantos. En particular por las instituciones que cobijaron a esos genios locos tan amorosamente.
A Kandisnki le esperaba la fama y al otro, a Kaczynski, la muerte segura a buen resguardo en una prisión norteamericana. El primero fue un creador, el segundo un destructor.
¿Misterios de la genética, o resultados fallidos o exitosos de ese experimento que a cada instante se repite en ese gran laboratorio que llamamos “sociedad”?
lmp. 14.02.2016
