Quality of life does not depend on happiness alone but also on what one does to be happy. If one fails to develop goals that give meaning to one’s existence, if one does not use the mind to its fullest the good feelings fulfill just a fraction of the potential we possess. A person who achieves contentment by withdrawing from the world “to cultivate his own garden” like Voltaire’s Candide, cannot be said to lead an excellent life. Without dreams, without risks, only a trivial semblance of living can be achieved.
Mihaly Csikszentmihalyi
Lo que en la actualidad, ya desde hace varios años, se ha dado en denominar “psicología positiva” es el resultado de la adopción, a nivel global, de una escuela psicológica que se impuso desde los años cincuenta del siglo pasado en contraposición con otras corrientes psicológicas. Me refiero al conductismo o behaviorismo.
Partiendo de una concepción de la psicología como una ciencia natural moldeada bajo la influencia de la física, el conductismo se impuso de manera relevante en el campo educativo y de la comunicación de masas, y muy particularmente en el periodismo, la publicidad y el manejo de las relaciones interpersonales a nivel empresarial.
El conductismo es un epifenómeno del capitalismo avanzado, y podríamos decir que se desarrolló como la búsqueda de justificación, a nivel individual, de lo que ya a nivel social se había impuesto como un género de vida: la sociedad mercantil o de consumo masivo. Se impuso ayudado por estas circunstancias, pero se mantuvo siempre expuesto al conflicto con otras tendencias epistemológicas que consideraban a la misma psicología como una disciplina no científica en el sentido behaviorista, sino más bien como un campo de estudio de la realidad humana muy complejo que debería ser estudiado de manera interdisciplinaria.
La realidad humana es compleja y en ella confluyen múltiples factores que jamás podrían ser reducidos a unos pocos datos sensoriales manipulados cuantitativa y experimentalmente, sin el riesgo de tergiversar su misma naturaleza; es decir el ser humano mismo como objeto de estudio científico desborda las pretensiones de objetividad científica. Tal sería la creencia fundamental de casi todas esas psicologías opuestas al conductismo y que de manera general denominaremos con la expresión “psicologías humanistas”.
Debido a la necesidad de simplificarlo todo, pero muy especialmente el mundo de las relaciones sociales, el conductismo se mostraba como una solución ideal para resolver ese “rollo” filosófico (quandary) que es el ser humano mismo, en relación con su propia identidad y en relación con la identificación del individuo con el grupo de referencia al cual estuviera adscrito por su socialización primaria.
Las tesis fundamentales del conductismo las desarrolló su creador contemporáneo B. J. Skinner para quien el hombre no tiene nada por dentro, sino que se le podría interpretar como una caja negra en la cual entran “imputs”: estímulos, y salen “outputs”: respuestas. A ella le llegan y en ella se almacenan los estímulos provenientes del exterior; y de ella salen respuestas que se convertirán en movimientos corporales o cerebrales, que se denominan “conductas”.
Hay una conducta motora como la hay mental; hay conductas sociales como las hay individuales. Existen conductas morales, religiosas, educativas, políticas, empresariales, etc. Es decir, el ser humano es lo que de él se muestra a los otros mediante la exhibición de movimientos corporales interpretados como conductas. Sus acciones, por significativas que pudieran parecernos, siempre se podrían reducir a “behaviour” con el fin explícito de ser estudiadas, y replicadas experimentalmente.
La visión de lo humano reducida a un modelo tan simple sirvió como modelo ideal para estudiar, sobre todo, los procesos de enseñanza y aprendizaje formal llamado “educación” en su manifestación escolar. Sobre ese modelo se desarrolló, igualmente, el estudio de la educación como una disciplina científica, que se apoyaba fundamentalmente en la psicología conductista como su disciplina fundamental. En el terreno de la evaluación de los aprendizajes escolares el conductismo prendió y creció como un árbol muy robusto. Igualmente en el campo de las tecnologías educativas y la administración escolar.
Pero igualmente el conductismo resultaba ser ideal para interpretar las relaciones interpersonales en la empresa y los negocios, y sobre todo para controlar y manipular acciones y reacciones a nivel publicitario, mediante el control conscientemente planificado de lo que le entrara a la caja negra de las masas, y lo que de ella saliera como respuestas de consumo grupal o colectivo, fuesen alimentos o ideologias.
Sólo estimulaciones y reacciones físicas o corporales, a eso queda reducida la acción humana en manos de Skinner, su creador. Y fue así, pues sólo la conducta manifiesta podía ser objeto de control y medición experimental. Lo otro, lo no visible, eso a lo cual se le dio el nombre de “alma” o “espíritu”, no podía ser reducible a conducta, y por tanto no podría existir científicamente; es decir, ser observado de manera positiva, o como un hecho social objetivo. Tales entelequias tenían, por la necesidad misma de la ciencia de la psicología contemporánea interpretada como una extensión de la Fisica, que ser dejadas de lado debido a los fines perseguidos: el estudio objetivo, metódico y experimental del funcionamiento sin roces de la máquina corporal, a la cual quedaba reducido el aspecto espiritual o mental del ser humano.
Pero en realidad el modelo conductista es en extremo simplista con relación a lo que somos realmente.
Trabajando con los estímulos y sus respuestas, todo lo que importa para un investigador conductista es lo que entra y sale de la caja negra: o placer o dolor. Y lo que refuerza, neutraliza o elimina, igualmente, el placer o el dolor detectados como “imputs”. Si en la caja negra entra dolor y sale dolor, eso no sería deseable, a menos que fuese “normal” lo deseado como no placentero. Eso produciría insatisfacción y debería ser suprimido. El placer de salida debería negar, entonces, el dolor de entrada en la caja negra, para que se produjera la “satisfacción denominada, erróneamente en nuestra opinión, “felicidad”.
La felicidad se interpretaría conductualmente, entonces, como un sentir placentero, o como un sentirse bien y a gusto con uno mismo en el entorno en el cual la vida individual se desarrolla. Sentirse bien con uno mismo es interpretado como sentirse sin dolor suprimiéndolo o evadiéndolo. Siempre el beneficio de lo propio ha de sobre-determinar el dolor causado por lo que no nos beneficiaría en última instancia. Sólo así se podría “ser feliz”.
La búsqueda del equilibrio que favorezca las reacciones de salida en forma de placer es entonces el fin último del modelo conductista de control de las acciones humanas. Aquí radica el sentido del término “felicidad” interpretado por un investigador conductista.
Para Skinner la felicidad no podría interpretarse de otro modo sino como búsqueda de placer y huida del dolor, de ahí el título de uno de sus libros: “Mas allá de la libertad y la dignidad”. Como una idea trascendental, como una esencia pura o no posible de ser reducida a lo mensurable o experimentable, el término “felicidad” carecería de toda significación.
Quien acepte este modelo antropológico-filosófico y lo use en la práctica terapéutica, educativa escolar o de “coaching”, pondrá todo su interés en buscar que el paciente, estudiante o el “coached” se salga de sí mismo, para que controle el ambiente que lo rodea, evitando así que en su caja negra entren estímulos no placenteros, y de ella salgan reacciones que lo desajusten con relación a su entorno. La homeostasis vital es interpretada, por consiguiente, como el equilibrio entre lo que entra, dolor, y lo que sale, placer; este último es siempre posible de ser acrecentado por un reforzamiento operante. Y el dolor, por definición metodológica, siempre ha de ser controlado y reducido al mínimo, o de ser posible extinguido mediante técnicas y métodos de control físico-corporal sobre todo.
El modelo conductista ha tenido un éxito inusitado en el campo educativo-escolar y en el de la publicidad masiva. Su éxito a nivel de terapia psicológica ha sido igualmente impresionante. Lo que se ha dado en llamar “bihaviour modification” es una manera muy efectiva de extinguir condicionamientos conductuales no deseables, como el fumar por ejemplo. La terapia calificada de cognitiva es una variante de este tipo de “ayuda psicológica” conductista.
Pero ha sido en el campo neuro-científico en donde el conductismo metodológico ha sido empleado con un rigor y fidelidad científica que habría dejado atónito al mismo Skinner.
Las neurociencias son disciplinas que estudian el comportamiento humano modeladas a imitación de las ciencias físico-naturales. Parten del supuesto de que al ser humano hay que estudiarlo biológica y físicamente. Toda la terminología que no sea operacional, o posible de ser traducida al lenguaje del comportamiento corporal, ha de ser desechada por inútil experimentalmente interpretada.
La ciencia que estudia al ser humano ha de ser ciencia positiva; de ahí que los neurocientíficos actuales sean radicalmente reduccionistas, experimentalistas y objetivistas.
El modelo de caja negra skineriano tuvo, entonces, un éxito innegable en el campo de las neurociencias; es ese el modelo científico que domina y al cual se ajustan todos los estudios de la conducta humana entendida como un epifenómeno del organismo biológicamente explicado, en particular del cerebro y su “alargamiento” corporal masivo: el sistema nervioso.
Los otros modelos que interpretan la realidad humana como algo más que cuerpo y reacciones fisiológicas, pertenecerían al pasado y estarían ya, felizmente para la ciencia positiva, superados hoy mediante la aparición y desarrollo de las neurociencias.
Hasta aquí la historia de la psicología científica y su conversión en psico-neurociencia ha sido sumamente exitosa. Y lo será y seguiría siendo así, de no existir otras tendencias que interpretan de manera radicalmente diferente el mismo fenómeno de lo humano. Dicahs tendencias humanistas, con igual derecho que el conductismo, buscan dar otras explicaciones e interpretaciones del fenómeno humano.
Abundan hoy los estudios interdisciplinarios que muestran la simplificación del modelo de la caja negra skineariana, tan eficiente cuando se trata de estudiar el sistema neuronal y acciones y reacciones simples como sería el movimiento de los ojos ante estimulaciones visuales en forma de barras o puntos en una pantalla iluminada. Y sobre todo, cuando tales estudios se hacen partiendo de la homologación entre el cerebro humano y el de un ratón de laboratorio, por ejemplo. Si lo que llamamos “ser humano” fuera así de simple el modelo skineriano sería incuestionable.
En definitiva el modelo conductista ha sido sólo una invención simplista y simplificada de lo humano, cuyo fin último ha sido el de controlarlo mediante métodos empleados por otros seres humanos, con fines la mayoría de las veces inconfesables. En efecto, en el terreno terapéutico, educativo y de “coaching” lo que se busca es la eliminación del dolor y la búsqueda de placer ilimitado como el único fin a perseguir en esta vida por quien recibe terapia conductual-cognitiva; el reforzamiento de conductas positivas que ayuden al “lifelong learning” de los escolarizados, o la búsqueda e éxito y de “felicidad” laboral por parte de quienes sean orientados por un “coach” eficiente.
Pero en general, lo que se busca en todos estos casos es “ser feliz”, entendiendo por “felicidad” lo que el autor del texto que hemos colocado como epígrafe entiende:
A person who achieves contentment by withdrawing from the world “to cultivate his own garden” like Voltaire’s Candide, cannot be said to lead an excellent life. Without dreams, without risks, only a trivial semblance of living can be achieved.
Es decir, la búsqueda e un equilibrio entre los imputs y los outputs, pero favoreciendo los outputs con reforzamientos positivos, diría Skinner; es decir, acrecentando la satisfacción, el placer o el beneficio individual como respuestas efectivas y eficientemente programadas.
Pero esa interpretación de la “felicidad” no correspondería, a menos que se tergiversen los textos, a lo que con el uso de tal término entendió Aristóteles, e incluso Voltaire, a quien el autor cita.
La felicidad del Cándido volteriano es la de un niño engañado por otros adultos que buscan sus propios intereses como los objetivos inmediatos a perseguir sin ningún escrúpulo moral. Es por ello una felicidad falsa pero que podría abrile los ojos al Candido-lector de la obra de Voltarie, al comprender el cuestionamiento que hace este pensador crítico de las instituciones sociales y políticas de su tiempo, en particular de las instituciones religiosas. Todas las muestra el escritor de sátiras morales como organizaciones perversas y pervertidas que tienen como su fin último la manipulación interpersonal buscando acrecentar el placer y reducir el dolor de ciertos individuos egoístas y lujuriosos.
Voltarie hace todo lo contrario a lo que el autor del epígrafe interpreta de su obra “Candido”: cuestiona el modelo de ser humano como un ser cuasi-animal que responde ciegamente a estimulaciones de su medio político-social fundamentalmente, comportándose como quisieran que lo hiciera los dueños del poder.
La burla, la sátira, la crítica de curas y pastores, de jerarcas eclesiásticos y políticos se dirigen en la obra volteriana precisamente al desmontaje de lo que está dentro de la caja negra de tales personajes, y que no querrían reconocer ni aceptar: su lujuria antes que nada; su egoísmo, su ambición, su envidia y, en general, sus placeres desenfrenados. Es decir, todo que es el resultado de eso oculto y negado por fines experimentales por el conductismo y su modelo de caja negra: el espíritu (alma) humano.
Al contrario de lo que cree el autor del epígrafe, no es volcándose más al exterior como se conseguiría la felicidad sino, al contrario, yendo al interior de la caja negra sin miedo para desarmarla, abrirla y mostrarle al mundo que lo que allí dentro existe no es tan peligroso ni tan amenazante como lo que se creía y por lo cual se creó el modelo skineriano mismo. Al obrar de ese modo no se buscaría simplificar lo que es en realidad esa caja negra y su contenido, sino que, al revés, se estaría intentando mostrar su complejidad y la dificultad de comprender lo que ella misma contiene: el misterio de lo humano.
Hay que aceptar la vida como es, diría Voltaire. Y para ello no nos queda más remedio que jugar el juego institucional: familiar, escolar, religioso o político. Pero ello no implica que al jugar de ese modo debamos creer desde el fondo de nuestra caja negra en lo que le es exterior: las relaciones interpersonales interpretadas como conductas manipulables psicológicamente, o científicamente.
Es mucho más lo que somos y lo que es nuestro interior personal. Ese algo más apunta a una realidad no empírica ni positiva: estética, filosófica, y sobre todo valorativa. En definitiva trascendental.
Que por motivos metodológicos, debido a la asimilación incontrolada del modelo naturalista, la psicología se haya transformado irresponsablemente en una tecnología de manipulación y control de la conducta, podría aceptarse como un sino que es consecuencia del avance de los métodos de estudio experimental de lo humano; pero no por ello se habría de admitir necesariamente como válida universalmente, la antropología metodológica conductista como modelo incuestionable de lo que somos. Es decir, considerar como absolutamente válido el modelo de caja negra, de entradas y salidas, de placeres y dolores, y su incremento y decrecimiento, estadística y experimentalmente controlados; aceptar que somos, en última instancia, maquinas hechas para vivir como palomas o ratones de laboratorio en lugar de seres humanos con una algo interior que transciende lo orgánico-corporal.
lmp. 10.02.2016
