Para Hegel el sujeto como individualidad temporal consciente, al ser “engullido” históricamente por el Espíritu Absoluto, se trasformaría (tran-substanciaría) en su contrario disolviéndose como individuo, y pasando a ser otra entidad metafísica. Mientras tal proceso llega a su culmen, la historia debe “molerlo” a la vez que disuelve toda manifestación temporal y espacial de su creaciones: su vida natural, sus invenciones tecno-científicas, artísticas, religiosas y sobre todo políticas.
La "Lógica", la "Fenomenología" y la "Enciclopedia", son los libros sagrados de la biblia hegeliana, a ser repetidos por sus seguidores ideológicos.
Marx adopta a Hegel y le da la vuelta sometiendo el individuo a las determinaciones de la materia y su progreso histórico económico; de nuevo el individuo y su individualidad ahora si que es realmente molido, triturado, hecho añicos o “polvo cósmico” (expresión cara al “Eterno” Chávez vene-cubano) para dar paso, como un sino legal-científico, al hombre nuevo revolucionario (sic).
Para lograrlo debería disolverse la institución más perversa creada por el ser humano viviendo en sociedad: la propiedad privada de los medios de producción, y sus alargamientos ideológicos más pervertidos: la iglesia institucional, y sobre todo el Estado político-económico.
Nada de eso ocurrió durante el tiempo que se puso a prueba el socialismo como transición política y económica al comunismo.
La Unión Soviética resultó ser el experimento fallido del socialismo real. Y a tal fallo definitivo lo condujo Stalin, quien sucediendo y apropiándose de lo hecho por Lenin, montó un Estado terrorífico comandado sólo por él, encumbrado como un dios, o como un real "Espíritu Absoluto" hegeliano-marxista, pero enano o afectado de “enanismo filosófico”.
¡Y es que Stalin quiso ser hasta filósofo!
Una aberración histórica desde luego. Tanto como el castrismo-chavecista venecubano.
Pero una aberración materialista y supuestamente atea tan igual -o menos terrible- que la de la iglesia institucional milenaria, Romano-Vaticana. En ella "EL Absoluto" pasa terrenalmente a ser eterno (sic), y la transición no es a ningún socialismo futuro puesto a prueba en el presente; es decir, hecho transitorio, para alcanzar en esta tierra el comunismo utópico presente. No. El crsitianismo vaticano predica -aunque lo niegue- la eternización de los males terrenales, con sus sistema eterno capitalista, y la esperanza en la eternidad como “tiempo-sin tiempo” (sic) de liberación definitiva eterna de los "olvidados de esta tierra".
Es, en definitiva, hegelianismo puro y simplificado, "decafeinado" vaticanamente para consumo masivo, latinoamericano y africano sobre todo.
Deberían saberlo y en ello reflexionar esos que creen que con los viajecitos globalizados de Pancho-Papa se mejorará la humanidad y, sobre todo, esta Latinoamérica tan sufrida por tanto utopista-oportunista político, incluidos Arzobispos y cardenales y sus testaferros espiritualistas:
los curitas de “pueblos-grandes” pre-capitalistas (nuestros paisitos), que sin fe, como el personaje “Don Manuel, Bueno y Martir”, de Unamuno, siguen dando sus Misas sin creer en ellas.
lmp 13.02.2016
