Un reto para quien quisiera refutarlo filosóficamente.
En otro tiempo yo fui como tú, incluso más inteligente y sabio, aunque nunca fui a la universidad. Todos somos iguales en eso: todos tenemos alguna vez grandes ideas. Tuve muchas ideas que desafortunadamente nunca puse por escrito.
Andando el tiempo, sin embargo, me di cuenta que todo eso era vanidad y que con tales ideas lo que encontraba era la duda y la incertidumbre. Me di cuenta, entonces, que era mejor confiar en lo cotidiano, o en el sentido común. Haciéndolo, y habiendo recibido a Dios, habiéndome convertido al Señor, me di cuenta que todo en mi había sido limpiado y que ahora estaba en posesión de un conocimiento superior a cualquier idea obtenida escolarmente. Y caí en cuenta que este tipo de saber no es común y corriente, sino sólo reservado a los escogidos.
Pero como no todos lo aceptan ni lo reconocen, aprendí que hemos de ser prudentes y no pasarnos de buenos ni de listos. Hacerlo sería la perdición y la ruina para nosotros, pues podríamos caer en las trampas de los impíos y sus conocimientos terrenales.
Sabiendo eso, y teniendo una seguridad que viene sólo de Dios, podemos estar ciertos que nosotros poseemos la verdad, y que nadie podrá hacernos tambalear.
Pero no por ello debemos dejar a un lado el conocimiento de los impíos, sino tomar de éste lo que nos convenga, sabiendo que tenemos un privilegio especial: el de saber por revelación divina qué de bueno hay en lo que el impío conoce imperfectamente.
Una cosa hemos de tener siempre presente: que no hay que complicarse la vida, sino simplificarla. Eso equivale a decir que la complicación del impío, producto de su perdición terrenal, debemos simplificarla, asimilándola de acuerdo a nuestros propios intereses, que son los intereses de Dios mismo.
Algunas personas son impías por naturaleza y los tiempos que corren, de perdición generalizada, las descubren. Nunca se podrán ocultar ni disfrazar. Por ello debemos ser responsables y asumir el deber de mostrar a tales seres impíos, exhibir su maldad.
Tal tarea no se la podemos asignar a otros. Nos corresponde a nosotros los escogidos, pues llega el fin del mundo, como sólo a quienes corresponde lo saben por revelación divina.
Por tal motivo no podemos tomar a la ligera lo que está sucediendo, es decir, los ataques de los impíos contra nosotros y nuestra fe.
Dios ahora más que nunca nos aconseja íntimamente y nos impulsa a cuidarnos, sobre todo de lo que otros enseñan sobre la fe en dios, especialmente quienes no creen como nosotros. Y además nos insta a apegarnos aún más a nuestra fe y creencias, las cuales vienen de Dios mismo.
Así es como lograremos salvarnos, y salvar a quien Dios haya escogido.
Dios es nuestra fortaleza y Él únicamente nos conoce, nadie más; y nosotros a Él conocemos porque somos escogidos.
Nadie que sea impío puede tener este tipo de conocimiento.
Un escogido de Dios. Un escogido que lucha por su causa.