google05f93621e7278f20.html PERPLEJISMOS Y SABERES FILOSÓFICOS

domingo, 5 de enero de 2014

ATEOS CREYENTES, CREYENTES ILUSTRADOS



REY RICARDO. -¡Un caballo! ¡Un caballo!...
¡Mi reino por un caballo!
William Shakespeare,
La tragedia de Ricardo III, (1593).
Escena IV

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos,
hipócritas, que os parecéis a
sepulcros blanqueados…!
(Mt. 23: 27)

1
Un profesor universitario en el campo de las ciencias médicas y de la salud, especialista, según me lo dejan entrever sus comentarios, en Neurofisiología, me mostró muy satíricamente una noticia aparecida en la prensa internacional. En Holanda, dice la nota que leyó, están cerrando las iglesias por falta de feligreses.

-Allí ya no hay creyentes religiosos, –dice- y por ello están
convirtiendo los templos, en cafés y otros sitios de placer y
entretenimiento.

El profesor, quien se confiesa ateo, y Chavecista convencido –lo cual
dé por sí hace sospechosa su irreverencia hacia lo divino-, celebra la
noticia y, alabando la medida le pregunta satíricamente a otro
profesor que nos acompaña, y quien es de la misma especialidad, e
igualmente descreído, pero militando en el bando político contrario, 

-¿Cuándo sucederá esto en Venezuela?

En un país como el nuestro, -nos dice- en donde una institución como la Iglesia Católica está  presente en la vida de las personas desde que nacen  hasta que expiran, y aún en el más allá, trascendiendo la tumba, cómo hacer realidad aquí lo que está pasando en Holanda? 

2
Hoy, reflexionando más fríamente sobre lo que conversábamos, me
vuelvo a preguntar, ¿cuándo llegara aquí esta secularización de la
sociedad, que para aquellos dos profesores representaría para el país
un progreso innegable?  En sociedades cerradas como la nuestra, la
iglesia tanto como el estamento militar, forman parte de eso que
Althusser denominaba “aparatos ideológicos del Estado”. Debido a su
existencia nadie podría decir que es ajeno a la política. 

De ahí que  iglesia y estado, aunque dicen caminar separados siempre andan en dos pies.  Y es así pues el poder lo detenta este último,  y a su alrededor todas  las demás instituciones gravitan como si fueran satélites, orbitando alrededor de  un plantea. 

El poder del estado todo lo penetra; incluso las instituciones eclesiásticas. Y las militares, sin lugar a dudas.  Por razones que el siguiente autor intenta explicar:

"El poder político, por consiguiente, o es poder ejercido por el estado,
o poder estructuralmente adventicio, siempre en búsqueda de su
incorporación a la acción del estado. La aparición de le estado tiende a “politizar” todas las demás actividades del poder público. Y esto es así debido a que la mayoría de los estados originarios aparecieron por intermedio de la conquista, y no por otros medios pacíficos. La imbricación del poder militar y el poder político fue normal y lo común durante los estadios primitivos del desarrollo de la sociedad en general. Incluso fue así con el poder económico, tal como hoy lo conocemos; dicho poder fue adquirido mediante la fuerza y mediante la  conquista, en lugar de la negociación y la paz".  (Richard A. Schermerhorn, Society and power. New York, Random House, 1961, p. 45, traducción nuestra).

Quizás el profesor que plantea su interrogante religiosa de  ese modo tan  mordaz, se referiría a la imposibilidad de que tal secularización ocurra en nuestro país debido a las manifestaciones de religiosidad mito-mágica exhibidas recientemente de modo tan primitivo. No el  del estado,  sino el de las masas  dominadas por el estado. 

Quizás el profesor de la oposición dijo lo que dijo para provocar al profesor  Chavecista, aunque ambos viven sus preferencias políticas, sin reparar en ello,  como si fueran posturas religiosas.

Pero ambos, al preguntarse sobre la necesidad de superar las supersticiones  religiosas, no hicieron cuestión de la religiosidad del Estado y su poder, en la cual se entremezclan superstición y política, como quedó evidenciado con la veneración del pueblo Chavecista hacia su Líder Eterno, como ya lo llaman sus devotos seguidores.

3
Frente a las manifestaciones de las creencias populares a nivel global -en particular en USAmérica-, en esto tan supersticiosas y atrasadas como en cualquier lugar de Latinoamérica, deberíamos de dudar de la naturaleza racional del ser humano y del  el aparente progreso secular e ilustrado que dicen haber logrado los países denominados industrializados.  Especialmente en sociedades como la nuestra, en donde  impera la emocionalidad en todos los ámbitos del  quehacer humano, y no el cálculo racional, pareciera, entonces, muy difícil llegar a superar tanta superstición religiosa. 

Y viéndolo  como un Levi Strauss,  o una Margaret Mead haciendo etnología en Samoa, o asumiendo la actitud de un antropólogo cultural en medio de una comunidad indígena, para guardar cierta distancia interpretativa, no hay duda que las manifestaciones supersticiosas que presenciamos con motivo de la muerte de Chávez es como para dudar de que nuestro país –una república petrolera con cuarenta años viviendo en un sistema democrático que se consideraba liberal y
moderno-, haya avanzado mucho en estos catorce años de supuesto socialismo: no más allá de lo que sucedió en la Francia del Siglo XVIII, y que tanta repercusión tuvo en los movimientos independentistas latinoamericanos. Muestras de ello, demasiadas.

Bastaría con salir a la calle de nuestras maltrechas ciudades. El paseo nos mostraría en vivo el relato de Platón –la alegoría de la caverna en su "República"-, siendo representado en vivo, en cualquier lugar de cualquier ciudad venezolana, por mucho que en ella sus habitantes crean estar viviendo en el primer mundo. Y ni se diga en tiempos muy especiales del año, como la Navidad y la Semana Santa.

Bastaría con abrir un poco los ojos para que nos topásemos con santos populares y santeros iluminados; ángeles y vírgenes; pecadores arrepentidos y conversos redimidos; posesos, endemoniados o extasiados; pastores y curas con sus libros sagrados bajo el brazo.

Pero en momentos especiales como el ya mencionado, más que en cualquier otro, un personaje sólo en apariencia secular aparece y copa el escenario público:  el político de oficio,  transformado en profeta y predicador, escondiendo su actitud religiosa, la cual trasforma en pasión pública para seducir a las masas y ganarlas para la causa que representa; en el caso mencionado, para que honraran al santo difunto desaparecido, y así sacarle provecho electoral.

-Si al final se arrepintió, téngalo por seguro, el Comandante Presidente llegará a ser santo.

Y esto me lo dijo muy seriamente una señora, creyente en la santería cubana y en la iglesia católica, con la cual ella se identifica,  pero de la cual es feligrés únicamente los fines de semana. Feligrés y creyente de una causa política, ambas actitudes entremezcladas indistintamente.

4
Estaba subido en una escalera; con su mano izquierda sostenía una llana, y con la otra una cuchara de albañilería, una palustra recién comprada, que usaba sin mucha destreza. Joven y desgarbado, pero de aspecto diferente al de un simple empleado de la construcción. De lentes y hablar educado, le decía a quién le observaba atentamente desde el otro lado de la calle:

-¿Qué tal está quedando, Padre?, necesitaré más pega.

El otro, vestido de negro, con cuello de sacerdote, y en actitud pensativa, le respondía,

-Se ve mejor, al menos el hueco desapareció.

La puerta de entrada da a un zaguán largo y poco iluminado, al fondo del cual se ve un patio lleno de plantas y maceteros con flores bien cuidadas. En la parte de arriba de la puerta, -la cual por su tamaño más parecía un portón-, una cámara de seguridad enfoca a todos los  transeúntes que pasan frente a la casa. En la parte izquierda, como para que todo el mundo lo lea, un aviso en letras  resaltantes, bien visibles,  dice:

-Usted está siendo filmado.

La cámara semeja el ojo de Dios, encarnado en un dispositivo electrónico, hecho por la ingeniosidad humana, manipulado en este caso por quienes mucho creen que representan las manos divinas:  las de los frailes capuchinos que allí habitan y que miran a través de la cámara a los creyentes –viandantes temporales-,  todavía no convertidos del todo en los fieles seguidores de la verdad cristiana intemporal y eterna, verdad que predican cada día en su sermón litúrgico ya cayendo la tarde. Es su oficio el de ser curas de almas; dicen que esa es su vocación terrena.

Como para colocar del otro lado de la puerta una nota que reprodujera las  palabras de Empédocles de Agrigento:

"Limitados son los poderes que se extienden a través del cuerpo, y muchos los males que lo acosan, embotando el pensamiento. Los hombres contemplan en su lapso de tiempo solo una pequeña parte de la vida, pues arrebatados, persuadidos tan sólo de una cosa, de lo que cada uno ha encontrado por azar, tal como ha sido conducido en todas direcciones; todos se jactan, sin embargo, de haber descubierto todo. Tan pocas son las cosas que los hombres pueden
ver o escuchar, o comprender mediante la inteligencia. Tú, pues, ya que te has retirado a este lugar, aprenderás no más de lo que la inteligencia mortal puede alcanzar".  (W.K.C. Guthrie. Historia de la filosofía griega. II “La tradición  presocrática”).


5
El ateísmo militante de ambos profesores me hizo pensar en lo que pasa en Holanda hoy, y también en lo que sucedía en tiempos de la Ilustración francesa;  de cómo los filósofos de la época se referían a las creencias religiosas con burla y desprecio, especialmente Voltaire en Francia.

No obstante su desprecio hacia la fe religiosa, a esta contraponían estos pensadores descreídos,  la fe en la ciencia y sus practicantes. Como en el caso de Voltaire,  en el mundo anglosajón tal crítica a la religión era moneda corriente entre los miembros de las clases ilustradas. ¿No fue acaso Francis Bacon quien dijo que al hombre lo manejaban cuatro tipos de ídolos: los de la tribu, los de la cueva, los del mercado y los del teatro?

Los del grupo social al cual pertenezca son los “Idola Tribu”; los de los prejuicios transferidos por quienes conviven en la cueva social, viendo sombras, -como lo relata magistralmente Platón en la alegoría de la caverna-, son los “Idola Specus”. 

Las creencias que vienen de las masas y de los medios de comunicación que las controlan, -en particular la TV y hoy internet-, incluidas desde luego, la ideologías y maneras de agrupación correligionaria, son los “Idola Fori”. Y por último, todas aquellas creencias que permiten actuar y realizar labores que hacen sentir al ser humano a gusto consigo mismo, ajustándose socialmente;  estos son los “Idola Theatri”.

6
Yo bajaba, como siempre, apresurado. Vi al sacerdote desde lejos, y ya de cerca me eché a la calle para sortear su bloqueo de la acera, en medio de la cual el  poste de luz le sostenía, recostando en él toda su voluminosa humanidad.  A través de sus lentes adaptados, con una montura de carey negra que le daba un aspecto de lector empedernido, miraba al improvisado albañil, -probablemente un
novicio, o quizás su discípulo, aprendiz de cura de almas-, mientras se mesaba en actitud teatral, una espesa barba blanqueada por su edad, ya de anciano y con aspecto de sabio antiguo.

La casa colonial, con demasiada historias a cuestas, -y no sólo religiosas-, hoy convertida en un monasterio, desde hacía poco estaba siendo habitada y por ello remodelada. Un detalle había quedado inconcluso en su fachada, y ahora el improvisado albañil buscaba arreglarlo. Los mire y me dije:

-¿Y si le hago la pregunta, si le increpo a que me diga si el aviso advirtiéndole al transeúnte que está siendo vigilado no entra en contradicción con su altísima misión, esa de ser la voz de Dios mismo aquí en este valle de lágrimas, según la cual, cabe presuponer que cualquiera, por muy pecador que fuese, pasando por el frente de esa casa religiosa, o llamando a su puerta, debiera de ser considerado un posible converso, y no un criminal en potencia?   Pero, ¿qué me
contestaría, qué me diría? ¿No lo tomaría como una ofensa?
¿O, de ser honestos consigo mismos, no se creen estos frailecillos, superiores al resto de nosotros, tan comunes y corrientes; no están ahí para ser salvadores de la humanidad, y los guías de cuantos transitamos por estas calles del maligno, más bien que del supremo
bien?

Y es que, ¿acaso no es eso en lo que consiste el arte que practican, el de salvar seres humanos de  eso que creen ser lo más precioso, la perdición de su alma?  

Si perdiesen la fe en tan alta misión e inmediatamente se quitasen el hábito, y lo colgaran de un clavo en su celda monacal, saliendo de su encierro, ¿acaso no pasarían a formar parte de esos a quienes la cámara vigila tan terrenalmente desde lo alto, los transeúntes que pasan por esa fachada oliendo a flores?

¿No dejarían de ser seres de otro mundo para integrarse a este mundo, el nuestro, el de los dos profesores conversando sobre un  acontecimiento religioso sucediendo a miles de kilómetros de ese lugar de reclusión religiosa?

7
La religión no ocupa el primer lugar dentro del elenco de supersticiones que infectan la vida personal del ser humano. 

Existen muchas otras creencias que a lo largo de la vida nos impiden obrar racionalmente y de manera incrédula, como querrían los filósofos escépticos ilustrados. Todas estas creencias podrían ser remedos de creencias religiosas, creadas y alimentadas por el hombre mismo, ese que aun renegando del Dios bíblico, estudiado y explicado por la filosofía y la teología, sigue creyendo en lo que sea.

Aun dejando de creer, entonces, el ser humano seguiría  creyendo en sus propias proyecciones, que deberían  ser consideradas ideológicas,  por carecer de una fundamentación racional.

Por ello es que tendríamos  preguntarnos: ¿eliminadas las iglesias, como está ocurriendo en Holanda, a dónde irían las masas a llorar sus males, y a encomendar su salvación eterna? 

¿Podrían otras  instituciones sociales llenar el vacío dejado por las iglesias?

8
Quizás en las universidades los catedráticos suplirían a los sacerdotes, y éstos serían suplidos en las clínicas psiquiátricas por  los médicos; o en la calle, por  los comerciantes, atrapando a los transeúntes para venderles sus baratijas y así pacificar sus ansias de infinito; o quizás entrando en la internet,  para olvidarse de sí mismos y creerse salvados del fragor de lo cotidiano y temporal, o de las inquietudes producidas por la sobrevivencia; o quizás entrando a los bares, casas de envite y azar, a los prostíbulos, a las discotecas, o a las casas de diversión de todo tipo, en donde sus deseos y placeres, de manera desenfrenada, les harían creer en la felicidad terrenal, siempre cortada por el fatídico término de la vida. ¿Podría ser posible la muerte definitiva de la religión institucional?

No lo creemos. 

Desaparecidas las iglesias no desaparecerían las supersticiones religiosas; no las creadas por el hombre sin necesidad de algún libro sagrado.

Entonces, si creemos en la desaparición de las iglesias, y en la superación de la religión como garantía del advenimiento de la iluminación racional científica y filosófica, igualmente -y con mayor razón- deberíamos creer en la desaparición de los partidos y sus líderes políticos, y en sus mentores financieros, quienes se  hacen voceros de promesas y mentiras,  tanto o más supersticiosas que las mismas creencias religiosas.

Mientras eso no suceda, más valdría  que quienes de manera mitico-religiosa orientan su vida, sigan creyendo en iglesias y sus gestos divinos, en sus frailecillos, curitas y pastores. Y hasta en los brujos y chamanes, si estos cumplieran un papel similar. 

La burda manipulación de las masas por un tipo especial de sacerdotes, -los más corrompidos de todos-, los políticos demagogos corruptos, hace palidecer los sermones de los predicadores religiosos, en las misas dominicales.  Aquellos, los demagogos, sí que se creen representar a Dios, y ser ellos sus diosecillos menores, puestos aquí en la tierra para ofrecer la salvación a través del capital, la fama, el goce y los placeres temporales. 

Y todo este reino a cambio de un caballo –como lo diría en la obra de Shakespeare Ricardo III-, por el voto o la adherencia a un partido político.

9
Pero, por otro lado, caballos ideológicos no tan lógicos, son los que cabalgan quienes apareciendo como representantes del poder eclesiástico, obran como políticos, haciéndonos creer que la lógica que aplican al criticar el poder terrenal, no se podría aplicar al poder eclesiástico que ellos desempeñan. Cuesta creer que de tal falacia no se den cuenta; de estar conscientes, la manera como se expresan representa lo mismo que la cámara pegada a la pared del monasterio
vigilando a los transeúntes: una contradicción flagrante. 

Para ilustrarlo  mejor, leamos un texto publicado como comentario crítico sobre la actitud autoritaria y militarista  del actual gobierno, sin que, al parecer cuando eso escribió, quien lo hizo -un Jerarca católico-, cayera en cuenta de que lo que  criticaba bien que se le podría aplicar,  de manera igualmente valida a él y a la institución que representa :

"No somos dueños -nos dice- de lo que está fuera de nosotros mismos; pero si podemos y debemos ser dueños de nosotros mismos. El proceso educativo que conduce a la madurez humana y a la fortaleza espiritual es el instrumento que hay que adquirir a lo largo de la existencia.  Si no seremos veletas al ritmo del viento que nos marca otro".

Quien así habla es un Arzobispo  de la iglesia católica, una institución en la cual reina todo menos la democracia. Allí se predica la libertad, pero en la práctica lo que ella niega es precisamente lo que predica.

Lo escrito podría haber sido expresado de la misma manera por un filósofo ilustrado, algún pensador escéptico -cuando no ateo-, del siglo XVIII. 
Pero expresado  por boca de  un representante de la Iglesia Católica, lo dicho es lógicamente inconsistente y moralmente  deshonesto. Si lo contrapuesto a la superstición es la educación, es ella la que nos permite “ser dueños de nosotros mismos” para de esta manera “no ser juguete de las circunstancias, o del manejo que otros quieren hacer de nosotros”. 

¿Pero no es eso precisamente lo que buscan todas las instituciones eclesiásticas, incluida la Iglesia Católica? Pero no sólo las iglesias;  igualmente hasta las mismas instituciones científicas y tecnológicas puestas al servicio del poder. Véase el caso del voto electrónico y sus posibilidades de fraude.
 
En efecto, el desarrollo tecnológico en el campo de las comunicaciones,   convierte a quienes detentan el poder en reales aprendices de brujos. Seducidos por los hilos de la publicidad y la propaganda intentan crear una realidad que no existe pero que seduce a las grandes masas. 

¿Y  no es eso precisamente lo que hacen los eclesiásticos, no intentan vender "seductoramente"  sus creencias apoyándose  en la fe,  y no en la razón? ¿No intentan precisamente seducir y convencer como “aprendices de brujos” y como “vendedores de baratijas ideológicos”, a quienes asisten a sus templos y creen en sus inventos doctrinales?

Es un hecho que pretenden y a veces lo logran, domesticar y llevar a la gente al ritmo temporal que más  les conviene  y a la institución que representan. 

Ellos saben muy bien que el poder supuestamente otorgado por  las masas a sus representantes,  en una sociedad democrática, no se controla a sí mismo. Tiene que ser controlado desde  fuera.  De ahí  la necesaria autonomía de los poderes públicos  para que  la balanza se incline hacia el bien de los ciudadanos y no hacia quienes tienen la sartén por el mango, el mandamás mayor y su equipo de gobierno. 

¿Pero acaso la iglesia no la tiene agarrada igualmente por el mango?, ¿acaso existe en ella democracia, son los poderes eclesiásticos autónomos,  independientes entre sí? 

¿Cómo se controla desde fuera un poder que no tiene nada fuera de sí, sino a Dios mismo, cómo postular un poder que se le contraponga, que esté más allá de Dios y de su representante terrenal, el Papa, y que de ese modo  siga siendo ejercido como poder autónomo y democrático? 

El discurso del eclesiástico citado se contradice tan flagrantemente, como el discurso del mismo Papa argentino.  

Y tal contradicción es metafóricamente representada por  la cámara del monasterio capuchino.  Su "colgada presencia"  contradice el sermón redentor del fraile predicando la verdad y la honestidad, con respecto al hermano, al prójimo, en su  misa diaria y  dominical.

Quien doméstica y controla los poderes públicos y mediáticos se convierte en un dictador, en un absolutista, en un totalitario, en un manipulador. Porque la única medida del bien y del mal es su criterio y su decisión. Totalmente de acuerdo.

Pero lo dicho se aplica, tanto  al estado militarista  como a la Iglesia Católica

A menos que se postule la existencia de Dios como una verdad terrenal incontrovertible, lo dicho por este predicador católico se aplicaría al mismo ejercicio del poder que detenta. Negada la validez democrática de los postulados que sustentan su rol público, el discurso del eclesiástico  aplica correctamente  a quien está dirigido, al Presidente ilegitimo que hoy nos gobierna.  En eso estamos  de acuerdo.

Pero aun con mayor razón, se aplicaría  al cargo que él jerarca detenta, y a la institución que dice representar. ¿O es que acaso no es ella criterio único  de bien y de mal en materias de salvación eterna, no es por ello totalitaria y manipuladora como el "estado político chavecista"?

10
El problema que a todos nos aqueja viviendo hoy en esta  Venezuela sólo en apariencia revolucionaria, es actitud  antidemocrática  de dos bandos contrapuestos, cada uno buscando imponer una única manera de vivir -los chavistas-, esclavizada a una ideología que ofrece lo que es incapaz de dar:  fraternidad sin límites y bienestar compartido. 

O  atada a un pasado -los opositores-  al cual quieren regresar a como de lugar, sin caer en cuenta que ya dicho pasado  está  definitivamente muerto y enterrado. 

El problema reside, entonces, en el  autoritarismo presente en ambos bandos. 

Que  ello lo registre y critique, un representante de  quienes no aceptan el control de sus cuerpos por la imposición de una creencia con respecto a la contracepción y el uso de preservativos, el aborto, la libertad en relación a las preferencias sexuales, el celibato de los religiosos, etc., es una real contradicción. 

Y ni qué decir de la manera tan autoritaria como  ha sido tratado el caso más horroroso y denigrante, el de ese  inmoral "lunar"  ya inocultable:  el problema de la pederastia, sus víctimas y sus defensores, por quien  han tenido en sus manos los casos denunciados ante la Curia Romana, el teólogo e inquisidor J. Ratzinger.

¿Acaso no impone una manera de ver la vida,  una institución que de una manera tan farisaica predica y obra; y que ofrece lo que es incapaz de dar:  la salvación eterna, negando la  comprensión temporal a quienes desean ejercer sus derechos y buscar ensanchar su libertad personal, no esclavizándose a unas creencias que niegan la fraternidad y el bienestar compartido de manera evidente? 

Para el predicador citado, al parecer sólo hay imposición y desconocimiento de la otra parte, del estado militarista y no de la Iglesia. 

¿Se creerán realmente  ésto,  los jerarcas y sus curas?.   

Quienes conforman el poder terrenal son súbditos, soldados, no ciudadanos libres y autónomos. De acuerdo.  

¿Pero, y  en la Iglesia que ellos representan?  ¿A dónde van los feligreses? A dónde los quieren llevar y  a dónde quieren ellos  que vayan.  Ni más ni menos como soldados sujetos a la voz de mando de sus superiores.

A no dudar, tanto los "malos" del estado, como los "buenos" representantes  eclesiásticos, ambos están infectados aquí en Venezuela,  del mismo mal: el autoritarismo. 

Saberlo y hacer algo al  respecto,  ahí reside el desafío. 

Se requiere constancia y coraje para ser conscientes y  liberarnos de estas ataduras, de lado y lado, pues la  libertad ni se compra ni se vende.  Y mucho menos e recibe sin algo a  cambio.  La libertad se ha de ejercer y ejercitar,  mediante la crítica filosófica sobre todo.  

Y en tal  doctrina democrática y libertaria,  no cree ni por asomo la Iglesia católica institucional. 

La Iglesia critica el gobierno militarista y autoritario.  Y está en lo correcto.  ¿Pero no es precisamente esa la mejor metáfora -la militar-  para describir a quien cree en el dios que esa iglesia predica, la de un soldado plegado a lo divino-eclesiástico,  la de  un súbdito frente a su señor eterno y todo poderoso, y un "miliciano eclesiástico", jamás autónomo y dueño de su existencia?  

Sólo creyendo en los postulados presentados como verdades incontrovertibles, sea de nuevo dicho, podrían las afirmaciones del jerarca antes citado, tener validez política para el caso que ocupa su atención, el del estado militar y autoritario que nos gobierna. 

Si esto lo desconoce, está ya redimido por su ignorancia, pues a él, de familia divina,   no aplicaría aquello de la ley temporal: "la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento". 

Pero si lo sabe,  su postura es de una doblez infinita, como infinita es su aparente autoridad religiosa.  Y además, de  una deshonestidad que lo adornaría de la misma manera como adorna a cualquier otro político corrupto,  vendiendo una única  manera de vivir, una única ideología, una sola manera de ejercer lo que según él, “ni se compra ni se vende”, ni se negocia:  la libertad personal.

11
Leyendo la  crónica reseñada, de verdad que ella sí que representa una manera bien menor de usar la lógica y la capacidad ilustrada, con la cual se pretende -políticamente- horadar la aparente legitimidad del poder del Ungido, el  gobernante que hoy está en funciones de poder.  Al aplicársele a éste lo que dice el Jerarca católico,  en nuestra  opinión,  lo expresado  no tiene objeción alguna. Con sus  afirmaciones  debemos estar  completamente de acuerdo.

Pero sí que sería objetable, si quien lo dice no cae en cuenta que sus argumentos se le podrían aplicar a él mismo y a la Iglesia, corriendo su poder la misma suerte que el del gobernante ilegitimo.  

Aquí podemos ver ejemplificado crudamente lo que venimos analizando; es decir, quien critica muchas veces no cae en cuenta de la aplicación a sí mismo  de lo que hace:  desbancar una creencia -el supuesto autoritarismo del gobierno-,  creyéndose dicho crítico,   exento de las limitaciones que quiere hacer notar en quien se hace objeto de su crítica, cuando en realidad a él mismo aplicaría igualmente.

Dos pasajes evangélicos deberían cuestionar  a quien así se expresa. El primero,  ese en donde Cristo aconseja a sus discípulos a hacer lo que los sacerdotes dicen que se ha de hacer, pero jamás imitar su conducta:

"Haced, pues, y guardad lo que os diga, pero no los imitéis en las obras, porque ellos dicen y no hacen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los otros, pero ellos ni con un dedo hacen por moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos de los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan los flecos; gustan de los primeros asientos en losbanquetes y de las primeras sillas en las sinagogas, yd e los saludos en lasplazas, y de ser llamados por los  hombres rabbi". (Mt. 23:3-7);

Y este otro que invita  a ver primero la viga en el ojo propio antes que ver la paja en el  ajeno:

"No juzguéis y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu  hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en e l tuyo? Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano. No deis las cosas santas a perros ni arrojéis vuestras perlas a los puercos, no sea que las pisoteen sus pies y revolviéndose os destrocen". (Mt. 7:1-6)

12
Solo haciéndose solidarios de la desaparición, no solo de las iglesias, sino de todas esas organizaciones que esclavizan al ser humano, podrían esos ateos  creyentes de café, prensa, teclado o internet, y sus homólogos, los creyentes ilustrados eclesiásticos, de altar parroquial o catedralicio, hacernos creer que mediante la eliminación de todo tipo de creencias en Dios o sus servidores terrenales –los políticos corruptos y enfermos de poder-, alcanzaríamos la libertad plena; solo así podríamos creerle a los ateos recalcitrantes, gozándose de que a Dios se le dé de baja, y con él a sus representantes terrenales en países como Holanda y similares.

A estos últimos,  que se creen de verdad ateos,  sí que debería de enfocar la cámara colgada de la pared del convento capuchino, para que a través de ella los viera y evaluara Empédocles de Agrigento. Nada más y nada menos.

LMP
Mayo 05, 2013


sábado, 4 de enero de 2014

UN YO DESEANTE QUE DESEA LO ABSOLUTO.


I
Partiendo de una filosofía dualista sobre la realidad, podríamos sostener –de manera hipotética y “tipológicamente”- que frente a lo que hay o existe, resulta válido afirmar la existencia de una fundamentación no material –metafísica- para todo lo existente, incluido el yo personal.  Pero por igual, de manera igualmente válida, podríamos decir y aceptar la posición contraria, y referirnos de manera argumentativa a la existencia de un supuesto yo no substancial, o de un puro nombre vacío de substancialidad  o de referencialidad, palabra que nombra solamente lo que de  tal ente de ficción se nos muestra empíricamente, es decir,  sus manifestaciones conductuales, y sus efectos prácticos y utilitarios.

En el primer caso nos referimos a todas las filosofías del yo clásicas o tradicionales, y en el segundo caso a las contemporaneas, con  las filosofías materialistas y pragmatistas como las  más representativas.  Dejamos a un lado, por motivos metodológicos más bien que propiamente filosóficos, la interconexión, mezcla, sobre-posición, solapamientos, intercambios, etc., de ambas posiciones sobre el yo, las cuales sólo en apariencia serían absolutamente excluyentes.

Asumiendo hipotéticamente la existencia de un yo substancial, ¿Qué diríamos de tal entidad? Sólo podríamos afirmar que es en sus deseos que tal yo se manifiesta y afirma.  Pues, ¿qué es el yo en sí mismo, o substancialmente, sino sus deseos manifestados en lo que  desea? 
A menos que se abogue y crea en un yo substancial, cuasi-cósico, o algo parecido a un órgano corporal, el yo no es más que la actividad que nos lo  muestra;  es la consecuencia manifestada empíricamente,  de capacidades puestas en ejecución y llevadas a cabo mediante la exhibición de conductas empíricamente validadas.  La segunda filosofía del yo pareciera estar en lo correcto. 
Sin embargo, las intenciones, la imaginación los sentimientos, los deseos,  eso que calificamos de “realidad interior”, corresponderían a lo que  Aristóteles llamaba “facultades” y los neo-escolásticos,  “vida del alma” o “vida espiritual”.   

Y hablar de la existencia del alma presenta idénticas dificultades, que hablar de la existencia del yo. Ambos términos se podrían intercambiar, sin que nada  impida creer o hablar sobre lo que cada uno de tales términos refiere y  nosotros pretendamos que sea,  empíricamente hablando.
Entonces, a menos que lo denominado con tales términos se manifieste mediante la la conducta, o las palabras interpretadas conductualmente,  ¿cómo saber de tales entidades o cómo tener alguna noticia de su  real existencia?   Y, una vez manifestados lo que tomamos como sus referentes, ¿cómo validar su contenido, o lo que  de ellos manifiesta quien los porta, o dice asumirlos como suyos, el yo que decimos poseer? 
 
Aquí se abre un amplio margen para la duda de lo que se afirma que se es, pues ni quien lo afirma y dice ser lo que es, por muy  honesto que sea  al manifestarlo, podría estar cierto de lo que cree o dice creer con respecto a lo que siente, imagina, cree, etc., y por igual y sobre todo,  con respecto a sus buenas intenciones.   

Y ello es así,  a menos que ni cuenta nos demos  de lo que afirmamos, o que nunca hayamos reparado en ello.  Y a menos de que se  manifieste una completa ignorancia y carencia de reflexión sobre lo que uno afirma.  

Pero de no ser así, ¿qué valor ontológico y epistémico tendrían nuestras afirmaciones sobre la existencia de una  “pretendida vida interior”? 

Tales dificultades interpretativas se hacen patentes cuando indagamos fenomenológicamente  sobre lo que la supuesta entidad llamada “yo” hace cuando desea algo.

Supongamos que ese  yo, efectivamente,  desea algo. Interrogándonos sobre quién desea, respondemos “yo”,  pero en el acto mismo de preguntar y de responder, ese yo se desdobla y desparece como algo substancial y en su lugar aparece el deseo frente a lo deseado. El “quién” interrogativo de tal yo,  es el “quien” que responde “yo”.  Y “yo” es  “quien desea”.  

Pero ese “quién”, al cual legamos de forma interrogativa,  habla,  y aparece sólo al comportarse  empíricamente. Que sea en sí mismo, jamás lo sabremos.  Solo sabemos de sus manifestaciones, o rastros discursivos y conductuales. Entonces,  al alimentar deseos, se está alimentando una cierta constitución de lo que llamamos “yo”. Y si ese yo desea, se estaría alimentando el deseo mismo, más que el yo que desea.  Y ello es así pues el  yo deseante carecería de realidad, o de substancialidad óntica y ontológica. 
 
Sabemos del deseo por el desear mismo,  no por un supuesto  yo que tiene, utiliza o padece el deseo.  Pero el deseo en sí mismo es nada, como lo es el mismo yo, al menos visto como algo cósico o substancial.

Presuponemos que el  estudio de tal yo pertenecería a diversas disciplinas científicas,  entre ellas la neurofisiología, las neurociencias, las ciencias cognitivas y sobre todo la psicología. Pero ninguna de ellas buscan dar del yo y sus deseos  explicaciones fundamentales o últimas -propiamente ontológicas-, o sobre la naturaleza misma de dicha  “realidad interior”,  la cual es, hipotéticamente, el objeto de investigación y análisis científico de tales disciplinas de conocimiento. 

Pésele o no,  a los filósofos o teólogos místicos tradicionales, tales disciplinas han dejado de lado la búsqueda de una explicación supuestamente última y definitiva de tal yo, un saber que se llamaba en la época medieval filosofía  metafísica u ontología.  Hoy, tales saberes pertenecerían al campo de la especulación, sea racional o no, campo con nulo valor científico positivo. 

Entonces, al apegarnos a nuestros deseos, por muy puros que pretendan ser, nos apegamos a nuestro yo que desea,  a nuestro yo deseante, pero al hacerlo tan confiadamente no caemos en cuenta de que estamos apegándonos a una real ficción.

II
De ser creyentes, y consagrados a la contemplación del Ser en sí mismo –como muchos monjes y monjas católicas contemplativas lo son-, o de eso llamado Dios cristiano,  quien lo haga ha de renunciar a sus deseos para hacerle “espacio” –metafóricamente expresado, desde luego,  a tal Supremo Ser.  Y ello ha de ser así,  a menos que tal  Ser sea en sí mismo un puro deseo de la ficción llamada “yo”.  Pero de aceptar tal ficción, la misma aceptación  sería contraria, hipotéticamente hablando, a la naturaleza misma del Ser Divino como una “hiper” o “super” ficción del yo.  O en términos freudianos,  de  un “super-yo”.   

En efecto, lo que caracteriza fenomenológicamente el deseo es la carencia, el algo del deseo.  El deseo es tal,  pues ese  algo que desea el deseo mismo, es precisamente un algo del cual carece.  De ahí la existencia del deseo. Y quien lo desea es incompleto e imperfecto, pues desea algo que no posee o es, y  la existencia misma del deseo es prueba de que carece del  algo deseado.  

Esta no podría ser la naturaleza de Dios. El Ser Absoluto no podría ser una entidad deseante; de serlo, y de existir de ese modo deseante, no sería un  dios  por esconder en sí mismo una contradicción que sería contraria a su misma naturaleza divina.  En efecto, si Dios deseara algo  no podría ser Dios, pues de la definición misma  de su supuesta  divinidad queda   excluida la carencia, como unos de sus atributos definitorios. 

De análogo modo, de tener nuestro yo  una naturaleza divina, esa que deberíamos rescatar para acercarnos a la Divinidad absoluta, dicha naturaleza  exigiría la renuncia a la imperfección  deseante.  Es decir, el deseo mismo se debería excluir al acercarnos a lo divino. Y de desearlo, la naturaleza de tal deseo debería ser diferente enteramente a la del desear natural, propio de un ser encarnado. 

De ahí la necesidad del vaciamiento del yo con relación a sus deseos, y la necesidad de superación de lo deseado mismo, como parte de una naturaleza finita y no trascendente.  Por saberlo, los grandes místicos  estaban conscientes de que el apego al deseo es camino seguro de perdición, perdición del fin último de la vida mística, o de la unión con la divinidad o el Ser Absoluto. 

Y camino seguro para el apego al yo es la aceptación de sus deseos,  pues tal aceptación representa el apego definitivo al algo deseante el cual está desfondado en su misma realidad,   y sus entes deseables. 

Pero lo inverso es igualmente válido, lógicamente hablando. De apegarnos sólo a ese supuesto  yo vaciándolo de sus deseos, jamás nos despegaríamos del deseo mismo, pues ese yo, de tener alguna definición, esta dependería de lo que hace y manifiesta:  desear  deseos, que muestran sus  carencias como yo deseante. 
Por esta ruta jamás se llegaría a ser bueno, como una de las características esenciales del yo religioso,  en sentido absoluto, o como el Ser Divino supuestamente lo exige del yo que busca tener una unión suprema tal ser como su supuesto  creador. 
Lo bueno,  entonces, sería  tal por ser deseado por un yo que jamás será en sí y por sí mismo bueno, sino sólo que imitará a quien es bueno absolutamente, Dios. Bueno es el no desear lo que es relativamente bueno, sino desear lo bueno absolutamente, o lo siempre bueno. O lo que no  estaría jamás, sometido a las leyes del acontecer, del ocurrir temporal y del perecer. 

Desear lo bueno de este modo, sería equivalente a desear lo que es completo y acabado, lo perfecto o no afectado por carencia alguna. Pero esto, para el yo deseante que estamos describiendo,  es una imposibilidad esencial, pues todo lo que definiría lo que busca y a  lo cual tiende, es, ontológicamente dicho, completamente opuesto a lo que el Ser Absoluto es en sí mismo,  una pura limitación e imperfección. Y lo limitado, hipotéticamente dicho,  no es Bueno en sí, sino que es bueno de una manera analógica o relativa.  

Desear lo relativo sería equivalente, entonces, a desear  lo que  en última instancia no es el Ser Divino, con lo cual quedaría negada la actitud religiosa.

De lo dicho se colige, primero,  que un yo que afirme estar en unión con el Ser absoluto, hablando siempre hipotéticamente, es un sinsentido verbal; y, segundo, que  por necesidad, el yo religioso ha de vaciarse del deseo de lo bueno para acercarse a lo Bueno en sí, al Absoluto, a Dios mismo, lo cual es una contradicción lógica.   

Eso que llamamos Dios, como eso que llamamos “yo”,  podrían ser experimentados, intuidos, o sentidos, pero jamás expresados verbalmente pues carecen de auténtica referencialidad la cual tendría que serle atribuida a un yo, en si y por sí mismo,  inexistente.  Pero aceptar esta afirmación equivaldría a aceptar la nada como fundamento del  Ser Absoluto mismo. 

Otra patente contradicción.

En conclusión,  por  carecer de “realidad” referencial, ante eso denominado Ser absoluto,   el yo sería la nada absoluta, y su sentido terrenal, puro sinsentido verbal.

Y ante tal nada no queda otra actitud, de ser ese algo denominado yo, (en su aparición encarnada y enfundada en hábito de monje religioso, por ejemplo),  auténticamente religioso, sino el silencio el cual se ha de hacer racional y socialmente  definitivo. 

Sólo las metáforas poéticas podrían ser usadas  para referirnos a  Dios y al yo, o a ese algo que en otro tiempo era llamado “alma”. 

La filosofía , entonces, debería guardar silencio. Imperaría sólo la mística.

El primer Wittgenstein estaba en lo correcto.

LMP

Enero 02, 2014.