Decirle a alguien que está prejuiciado con
relación a algo, es poco menos que decirle que es un ignorante o
que carece de juicio; e incluso,
que es un ser humano engañado
(alienado).
Alguien prejuiciado, creemos, es alguien que no piensa dos veces antes de
emitir un juicio y que, por lo tanto, no reflexiona y se deja conducir en la
vida por el engaño.
El prejuicio se asocia común y corrientemente con el uso apresurado del
pensamiento, el cual se mezcla en grado sumo, con el sentimiento y la emotividad, no única y exclusivamente con las capacidades superiores de nuestro
cerebro. Ellas, creemos, han de
estar dominadas en todo momento por la razón y sus usos conscientes y
voluntarios.
Gadamer afirma, sin titubear, que ese es en sí mismo un gran
prejuicio, el cual se inicia con la
modernidad ilustrada, dando por resultado el mundo actual dominado por la
aparente objetividad de las ciencias y las técnicas. Ellas se nos ofrecen como
los quehaceres desprejuiciados por excelencia.
Y es que la objetividad -y lo que con ella se asocia: la
argumentación racional, lógica y factual-, se nos aparece como lo contrario de lo que hace que el
prejuicio sea considerado como algo indigno de atención
filosófica: nuestra subjetividad.
Quien se deja llevar por los prejuicios, decimos que está dominado por su
subjetividad; que, por ello, es incapaz de guardar distancia frente a un
hecho, situación, ocurrencia o persona. De ahí que creamos válido afirmar que un individuo prejuiciado se aleja de la verdad, la cual, de ser otro el
caso, le develaría el ser verdadero
(esencial) del objeto posible de conocimiento, en cualquiera de esos
casos.
Creemos, entonces, que el prejuicio es enemigo acérrimo de la verdad y
“amigo del alma” del error.
Eso es lo que comúnmente creemos.
A ello se agrega algo aún más deleznable que el error mismo: la ignorancia.
Quien está dominado por el prejuicio y lo acepta es intolerante, dogmático,
cerrado de mente; en una palabra,
desconoce la verdad que se esconde
detrás de cualquier ente posible de ser conocido racionalmente.
Es un ignorante.
Así resumiríamos la creencia ilustrada en la razón y en sus dos hijas
predilectas: la verdad y la certeza cognoscitivas.
Fue a partir de tal creencia que se acuñó el término “ideología”,
entendiendo por tal la distorsión de la realidad; y, por tanto, el encubrimiento del ser verdadero de las
ocurrencias sociales, y especialmente de
los acontecimientos políticos.
A quien lo domina una ideología, lo dominan un cúmulo de prejuicios.
Desechar tales prejuicios sería
equivalente a alcanzar la verdad y, por tanto, liberarse del error.
De ahí que para los filósofos políticos y sociales de la Ilustración se
debiera partir del juicio racional para
con él hacer retroceder los prejuicios, los cuales siempre son asociados con la sinrazón o lo
irracional; con el error y la mentira.
Y con el engaño, sea de naturaleza
individual o social.
Partir del prejuicio y no del juicio sería, filosóficamente
dicho, darle la vuelta al guante
ilustrado; sería análogo a poner al derecho lo que estaba torcido, o poner
realmente “cabeza arriba” lo que estaba “patas abajo”. Todo lo contrario a lo que creía Marx que
debería ser hecho tratándose de los aspectos sociales y políticos de nuestro
“ser-en-el-mundo”.
En este sentido el Marx ilustrado, diríamos siguiendo a Gadamer, era un
pensador que estaba profundamente prejuiciado, pues confiaba ciegamente en los poderes racionales del ser
humano, por muy dialéctica que él
concibiera la razón misma.
La posición de Gadamer es provocativa y radicalmente critica de esta
orientación filosófico-dialéctica.
Es tanto o aún más crítica que la posición de Marx.
Expresarlo de este modo, sabemos, suena realmente escandaloso en ciertos círculos académicos, profundamente “prejuiciados” racionalmente: esos que se creen muy críticos y muy revolucionarios. Muy “racionales” y “dialécticos”.
Es tanto o aún más crítica que la posición de Marx.
Expresarlo de este modo, sabemos, suena realmente escandaloso en ciertos círculos académicos, profundamente “prejuiciados” racionalmente: esos que se creen muy críticos y muy revolucionarios. Muy “racionales” y “dialécticos”.
Con su “hermenéutica crítica” Gadamer intenta rescatar la verdad que se
esconde detrás del arte, de las ciencias naturales y sociales. Pero sobre
todo, detrás de la filosofía
misma. Es decir, detrás del “prejuicio racionalista” ilustrado. Y ello cree hacerlo posible refundando la
hermenéutica como método filosófico por excelencia para alcanzar la Verdad.
La “verdad hermenéutica” no es, sin embargo, equivalente al develamiento de la esencia de
un ente que se nos muestra de una vez y para siempre; o una vez
que hayamos despertado platónica o cartesianamente –o
“heideggerianamente”-, y nos encontremos
en un trance de iluminación contemplativa cuasi-divina. No.
La verdad se nos aparece sólo cuando
nos reconozcamos sumergidos en el engaño
y la mentira; y cuando aceptemos
que nadamos en un mar contaminado, además, de errores. Abriéndonos paso en medio de
ellos podríamos arribar a la orilla y
ver desde ella el trecho que hemos cubierto.
Esa orilla será siempre la orilla de una pequeña isla de certeza; jamás con tal certeza, cerraremos de una vez por todas el círculo de nuestras dudas, ya que ese círculo no tiene cierre posible; siempre permanecerá abierto.
Esa orilla será siempre la orilla de una pequeña isla de certeza; jamás con tal certeza, cerraremos de una vez por todas el círculo de nuestras dudas, ya que ese círculo no tiene cierre posible; siempre permanecerá abierto.
Ese círculo es el “círculo hermenéutico”.
El método hermenéutico es así, realmente, un “método dialéctico”.
Vale decir, jamás con nuestras certezas, sean ellas científicas o
filosóficas, podremos alcanzar eso que
llamamos pomposamente “Verdad”, escrita
con una “mayúscula platónica”; es decir, esencialmente. Definitivamente.
De lo dicho podemos concluir que de acuerdo a Gadamer la verdad y el error son las dos
caras de una misma moneda, o los dos lados de un mismo guante filosófico. El creer lo contraio sería equivalente
a creer en la posibilidad de expulsar los prejuicios por medio de la
elaboración de juicios apoyados en la “Razón", sea "´pura" o
"dialéctica".
Tal fue el prejuicio racionalista que arranca con los griegos;
atraviesa la modernidad, y arriba, vía Kant y Hegel, a nuestra época, en la cual se consolida
científica y tecnológicamente.
Sólo asumiendo el prejuicio de lo
que es existencialmente humano, vale decir, de nuestra “experiencia
vital” en el "horizonte del
mundo", lograremos valorar en su justa medida ética -educativa y
politicamente-, los logros tecno-científicos de nuestra época. Ello no
significa, sin embargo, el rechazo de la
Razón Pura y sus capacidades de argumentación
racional; sino sólo el
reconocimiento -como quería Kant- de sus potencialidades y limitaciones.
Para una pregunta -formulada de manera "tripartita"-, no
encontramos una respuesta convincente en la hermenútica crítica de
Gadamer:
¿Qué hacer con los prejuicios que nos dominan a nivel educativo, político y
religioso principalmente?
¿Qué verdad(es) se esconde(n) detrás de ellos?
Pero sobre todo:
¿Qué certezas a medias podríamos obtener
si lográramos desprejuiciarnos con respecto a lo que en tales ámbitos
algunos defienden muy juiciosa, y en
apariencia, “desprejuiciadamente”: las
verdades que los líderes intentan (muy
prejuiciadamente) vendernos desde la cátedra, el púlpito o la
tarima electoral?
lmp. 23.08.2015
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