google05f93621e7278f20.html PERPLEJISMOS Y SABERES FILOSÓFICOS: -¿PREJUICIADO YO? …¡PREJUICIADO TÚ!

domingo, 23 de agosto de 2015

-¿PREJUICIADO YO? …¡PREJUICIADO TÚ!








Decirle a alguien que está prejuiciado con  relación a algo, es poco menos que decirle que es un  ignorante o  que carece de juicio;  e incluso,  que es un ser humano  engañado (alienado). 

Alguien prejuiciado, creemos, es alguien que no piensa dos veces antes de emitir un juicio y que, por lo tanto, no reflexiona y se deja conducir en la vida por el engaño. 

El prejuicio se asocia común y corrientemente con el uso apresurado del pensamiento,  el cual se mezcla  en grado sumo, con el sentimiento y  la emotividad, no única y exclusivamente  con las capacidades superiores de nuestro cerebro.  Ellas,  creemos, han de estar dominadas en todo momento por la razón y sus usos conscientes y voluntarios.

Gadamer afirma, sin titubear,  que ese es en sí mismo un gran prejuicio, el cual   se inicia con la modernidad ilustrada, dando por resultado el mundo actual dominado por la aparente objetividad de las ciencias y las técnicas. Ellas   se nos ofrecen  como  los quehaceres desprejuiciados por excelencia. 

Y es que la objetividad -y lo que con ella se asocia:  la argumentación racional, lógica y factual-,  se nos aparece como  lo contrario de lo que hace   que el  prejuicio sea considerado como algo indigno de atención filosófica:  nuestra  subjetividad.

Quien se deja llevar por los prejuicios, decimos que está dominado por su subjetividad;  que, por ello,   es incapaz de guardar distancia frente a un hecho, situación, ocurrencia o persona. De ahí que creamos válido afirmar   que un individuo prejuiciado  se aleja de la verdad, la cual, de ser otro el caso, le develaría  el ser verdadero (esencial) del objeto posible de conocimiento, en cualquiera de esos casos. 

Creemos, entonces, que el prejuicio es enemigo acérrimo de la verdad y “amigo del alma”   del error.
 
Eso es lo que comúnmente  creemos.

A ello se agrega algo aún más deleznable que el error mismo:  la ignorancia.
 
Quien está dominado por el prejuicio y lo acepta es intolerante, dogmático, cerrado de mente;  en una palabra, desconoce  la verdad que se esconde detrás de cualquier ente posible de ser conocido racionalmente.

Es un ignorante.

Así resumiríamos la creencia ilustrada en la razón y en sus dos hijas predilectas: la verdad y la certeza cognoscitivas. 

Fue a partir de tal creencia que se acuñó el término “ideología”, entendiendo por tal la distorsión de la realidad;  y, por tanto, el  encubrimiento del ser verdadero de las ocurrencias sociales,  y especialmente de los acontecimientos políticos.

A quien lo domina una ideología, lo dominan un cúmulo de prejuicios.

Desechar tales prejuicios  sería equivalente a alcanzar la verdad y, por tanto, liberarse del error. 

De ahí que para los filósofos políticos y sociales de la Ilustración se debiera  partir del juicio racional para con él hacer retroceder los prejuicios, los cuales  siempre son asociados con la sinrazón o lo irracional;  con el error y la mentira. Y  con el engaño, sea de naturaleza individual o social. 

Partir del prejuicio y no del juicio sería, filosóficamente dicho,   darle la vuelta al guante ilustrado; sería análogo a  poner al derecho lo que estaba torcido, o  poner  realmente “cabeza arriba” lo que estaba “patas abajo”.  Todo lo contrario a lo que creía Marx que debería ser hecho tratándose de los aspectos sociales y políticos de nuestro “ser-en-el-mundo”.
 
En este sentido el Marx ilustrado, diríamos siguiendo a Gadamer, era un pensador que estaba profundamente prejuiciado, pues confiaba  ciegamente en los poderes racionales del ser humano,   por muy dialéctica que él concibiera la razón misma.

La posición de Gadamer es provocativa y radicalmente critica de esta orientación filosófico-dialéctica.   

Es tanto o aún más crítica que la posición  de Marx.

Expresarlo de este modo, sabemos, suena  realmente escandaloso en ciertos círculos académicos,  profundamente “prejuiciados” racionalmente:  esos que se creen muy críticos y muy revolucionarios.  Muy “racionales” y “dialécticos”. 

Con su “hermenéutica crítica” Gadamer intenta rescatar la verdad que se esconde detrás del arte, de las ciencias naturales y sociales. Pero sobre todo,  detrás de  la filosofía misma.  Es decir, detrás del “prejuicio racionalista” ilustrado.  Y ello cree hacerlo posible refundando la hermenéutica como método filosófico por excelencia para alcanzar la Verdad.

La “verdad hermenéutica” no es, sin embargo,  equivalente al develamiento de la esencia de un ente  que se nos muestra de  una vez y para siempre;  o una vez  que hayamos despertado platónica o cartesianamente –o “heideggerianamente”-,  y nos encontremos en un trance de iluminación contemplativa cuasi-divina. No. 

La verdad se nos aparece sólo cuando  nos reconozcamos sumergidos en el engaño  y la mentira;  y cuando aceptemos que  nadamos en un  mar contaminado, además,   de errores. Abriéndonos paso en medio de ellos podríamos  arribar a la orilla y ver desde ella el trecho que hemos cubierto.   

Esa orilla será siempre la orilla de  una pequeña isla de certeza;  jamás con tal certeza, cerraremos de una vez por todas  el círculo de nuestras dudas, ya que ese círculo no tiene cierre posible;  siempre permanecerá abierto. 

Ese círculo es el “círculo hermenéutico”. 

El método hermenéutico es así, realmente,  un “método dialéctico”.
Vale decir, jamás con nuestras certezas, sean ellas científicas o filosóficas,  podremos alcanzar eso que llamamos pomposamente “Verdad”,  escrita con una “mayúscula platónica”; es decir, esencialmente.  Definitivamente.

De lo dicho podemos concluir que de acuerdo a  Gadamer la verdad y el error son las dos caras de una misma moneda, o los dos lados de un mismo guante filosófico.  El creer lo  contraio sería equivalente a creer en la posibilidad de expulsar los prejuicios por medio de la elaboración de juicios apoyados en la “Razón", sea "´pura" o "dialéctica". 

Tal fue el prejuicio racionalista que arranca con los griegos;  atraviesa la modernidad,  y arriba, vía Kant y Hegel,  a nuestra época, en la cual se consolida científica y tecnológicamente.

Sólo  asumiendo el prejuicio de lo que es  existencialmente humano, vale decir, de nuestra “experiencia vital”  en el "horizonte del mundo",  lograremos valorar en su justa medida ética -educativa y politicamente-,  los logros tecno-científicos de nuestra época. Ello no significa, sin embargo,  el rechazo de la Razón Pura y sus capacidades de argumentación  racional; sino sólo  el reconocimiento -como quería Kant-  de sus potencialidades y limitaciones.

Para una pregunta -formulada de manera "tripartita"-,  no encontramos una respuesta convincente en la hermenútica crítica de  Gadamer: 

¿Qué hacer con los prejuicios que nos dominan a nivel educativo, político y religioso principalmente?

¿Qué verdad(es) se esconde(n) detrás de ellos?
Pero sobre todo: 

¿Qué certezas a medias podríamos obtener  si lográramos desprejuiciarnos con respecto a lo que en tales ámbitos algunos defienden  muy juiciosa, y en apariencia, “desprejuiciadamente”:  las verdades que los líderes intentan (muy  prejuiciadamente) vendernos desde la cátedra,  el púlpito o la tarima electoral?

lmp. 23.08.2015

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